¿Por qué la visión de tus hijos merece toda tu atención?
La forma en que un niño percibe el mundo que lo rodea depende directamente de su capacidad visual. No se trata solo de ver con claridad: una buena visión es la puerta de entrada al aprendizaje, al juego, a la socialización y al desarrollo integral durante los primeros años de vida.
Sin embargo, muchos padres asumen que si su hijo no se queja, todo está bien. La realidad es diferente: los problemas oculares en la infancia raramente dan señales obvias. Un niño pequeño no sabe cómo debería ver, por lo que no puede comparar ni expresar que algo anda mal. Puede creer que todos ven así, que las letras siempre se mueven un poco, o que es normal que le duela la cabeza después de leer.
Por eso, la prevención y los controles periódicos son fundamentales. Detectar a tiempo una alteración visual puede marcar la diferencia entre un tratamiento sencillo y un problema que afecte su rendimiento escolar, su autoestima o incluso su desarrollo motor. En esta guía encontrarás todo lo que necesitás saber para acompañar la salud ocular de tus hijos desde el nacimiento hasta la adolescencia.
¿Qué diferencia hay entre “visión” y “vista” en los niños?
Aunque muchas veces usamos estos términos como sinónimos, en realidad tienen significados distintos y es importante conocerlos cuando hablamos del cuidado visual infantil.
La vista se refiere a la capacidad física del ojo para captar imágenes. Es decir, qué tan nítido ve tu hijo a diferentes distancias. Cuando hablamos de agudeza visual, estamos midiendo la vista: si puede leer las letras del cartel escolar, si distingue objetos lejanos, si enfoca correctamente de cerca.
La visión, en cambio, es un proceso mucho más complejo. Involucra no solo los ojos, sino también el cerebro y el sistema nervioso. Incluye habilidades como la coordinación entre ambos ojos, la percepción de profundidad, el seguimiento de objetos en movimiento, la capacidad de cambiar el foco de lejos a cerca rápidamente, y la interpretación correcta de lo que se ve.
Un niño puede tener buena vista (ver las letras con claridad), pero presentar problemas de visión: por ejemplo, dificultad para seguir una línea al leer, ojos que no trabajan en equipo, o problemas para calcular distancias al correr o atrapar una pelota. Por eso, los chequeos oftalmológicos completos evalúan ambos aspectos, no solo si el niño ve “bien” o “mal”.
El desarrollo visual en la infancia: etapas que no podés pasar por alto
Entender cómo se desarrolla la visión te ayudará a saber qué esperar en cada edad y cuándo algo puede estar fuera de lo normal.
Del nacimiento a los 6 meses: los cimientos visuales
Al nacer, el sistema visual de tu bebé es inmaduro. Durante las primeras semanas, solo percibe luces, sombras y contrastes marcados. Poco a poco, comienza a fijar la mirada en rostros cercanos (especialmente el tuyo) y a seguir objetos en movimiento.
Alrededor de los 3 meses, ya debería poder seguir con la mirada un juguete que se mueve lentamente. A los 6 meses, la coordinación entre ambos ojos mejora notablemente y empieza a desarrollarse la percepción de profundidad, lo que le permite alcanzar objetos con más precisión.
De 6 meses a 3 años: explorando el mundo
Esta es una etapa de grandes avances. El niño perfecciona su capacidad de enfocar, coordina mejor sus movimientos con lo que ve, y comienza a procesar información visual cada vez más compleja. Caminar, trepar, manipular objetos pequeños: todo depende de una buena coordinación ojo-mano y ojo-cuerpo.
Durante este período, el cerebro establece conexiones neuronales clave para la visión. Si existe algún obstáculo (como un ojo que no enfoca correctamente o que desvía su alineación), el cerebro puede empezar a “ignorar” la información de ese ojo, lo que podría derivar en ambliopía u “ojo vago” más adelante.
De 3 a 6 años: preparándose para la escuela
A esta edad, el sistema visual ya está bastante desarrollado, pero aún es moldeable. Los niños perfeccionan habilidades como cambiar rápidamente el foco de un objeto cercano a uno lejano, seguir líneas de texto (aunque todavía no lean), y procesar información visual con mayor velocidad.
Es el momento ideal para detectar y tratar problemas como estrabismo, hipermetropía o astigmatismo no corregidos. Un chequeo antes del ingreso escolar es fundamental, ya que muchas dificultades de aprendizaje temprano tienen su origen en problemas visuales no diagnosticados.
De 6 años en adelante: la visión en la etapa escolar
Con el inicio de la escolaridad, las demandas visuales aumentan drásticamente. Leer, escribir, copiar del pizarrón, usar pantallas: todas son tareas que exigen un sistema visual eficiente y bien coordinado.
En esta etapa, es común que aparezcan o se hagan evidentes problemas refractivos como la miopía, que tiende a progresar durante el crecimiento. Por eso, los controles anuales (o semestrales si ya usa lentes) son indispensables para monitorear cambios y ajustar tratamientos si es necesario.
Principales problemas visuales en niños: conocelos para actuar a tiempo
Miopía: cuando lo lejano se vuelve borroso
La miopía es el defecto refractivo más frecuente en la infancia, y está aumentando de manera alarmante en todo el mundo. Un niño miope ve bien de cerca, pero los objetos lejanos aparecen desenfocados. Suele manifestarse alrededor de los 6-8 años y puede avanzar rápidamente durante el crecimiento.
¿Qué la causa? Principalmente, una combinación de factores genéticos y ambientales. El exceso de tiempo en actividades de visión cercana (pantallas, lectura) y la falta de exposición a luz natural son dos de los desencadenantes más importantes. Por eso, hoy en día existen tratamientos específicos para frenar su progresión, como lentes especiales (Stellest, MyoCare) que no solo corrigen, sino que ayudan a controlar el crecimiento del ojo.
Hipermetropía: el esfuerzo oculto
A diferencia de la miopía, en la hipermetropía el niño tiene dificultad para enfocar de cerca, aunque muchas veces también afecta la visión lejana. Lo particular es que los chicos tienen una gran capacidad de compensar este defecto mediante el esfuerzo de acomodación (el “zoom” natural del ojo), por lo que pueden pasar años sin síntomas evidentes.
Sin embargo, ese esfuerzo constante puede provocar cansancio visual, dolores de cabeza, falta de concentración o rechazo a la lectura. En casos más severos, puede desencadenar estrabismo. Por eso, aunque el niño “vea bien”, es importante que un profesional evalúe si está forzando su sistema visual más de lo debido.
Astigmatismo: cuando las imágenes se distorsionan
El astigmatismo ocurre cuando la córnea (la superficie frontal del ojo) no tiene una curvatura uniforme, lo que provoca que las imágenes se vean distorsionadas o estiradas tanto de lejos como de cerca.
Los niños con astigmatismo pueden confundir letras similares (como la “H” con la “N”), tener problemas para seguir líneas al leer, o inclinar la cabeza para enfocar mejor. Muchas veces se combina con miopía o hipermetropía, por lo que un examen completo es clave para detectarlo y corregirlo adecuadamente.
Estrabismo: cuando los ojos no trabajan en equipo
El estrabismo es la desviación de uno o ambos ojos. Puede ser constante o intermitente, y aparecer hacia adentro, afuera, arriba o abajo. Aunque a veces es evidente a simple vista, en otros casos es muy sutil y solo se detecta en un examen profesional.
No es solo un tema estético: el estrabismo afecta la visión binocular y la percepción de profundidad. Si no se trata a tiempo, el cerebro puede comenzar a suprimir la imagen del ojo desviado, derivando en ambliopía. El tratamiento puede incluir lentes, ejercicios visuales, parches o, en algunos casos, cirugía.
Ambliopía: el “ojo vago” que el cerebro ignora
La ambliopía, conocida popularmente como “ojo vago”, ocurre cuando un ojo no desarrolla una visión normal durante la infancia, generalmente porque el cerebro favorece al otro ojo. Puede ser consecuencia de estrabismo, diferencias importantes de graduación entre ambos ojos, o cualquier obstáculo que impida que un ojo vea con claridad durante los años críticos del desarrollo.
Lo importante es saber que la ambliopía solo puede tratarse efectivamente durante la infancia. Por eso, la detección temprana es fundamental. El tratamiento suele incluir corregir el problema de base (con lentes, por ejemplo) y obligar al ojo “vago” a trabajar mediante parches o terapias específicas.
Señales de alerta: cuándo sospechar que algo no anda bien
Los niños raramente dicen “mamá, veo borroso”. Por eso, es fundamental que estés atento a comportamientos o síntomas que pueden indicar un problema visual:
Comportamientos visuales anormales:
- Se acerca demasiado al cuaderno, libro o pantalla
- Entrecierra los ojos para intentar enfocar mejor
- Inclina o gira la cabeza al mirar
- Se tapa un ojo para ver mejor
- Pierde la línea al leer o usa el dedo para seguir el texto
Síntomas físicos:
- Dolores de cabeza frecuentes, especialmente después de la escuela
- Cansancio visual o sensación de ardor en los ojos
- Parpadeo excesivo o frotarse los ojos constantemente
- Enrojecimiento ocular frecuente
- Lagrimeo sin razón aparente
Problemas de rendimiento y coordinación:
- Bajo rendimiento escolar repentino o sostenido
- Dificultad para concentrarse en tareas que requieren visión de cerca
- Torpeza al correr, calcular distancias o agarrar objetos
- Rechazo a leer, dibujar o hacer tareas que implican esfuerzo visual
- Confusión de letras o números similares
Cualquiera de estas señales justifica una consulta con un profesional de la visión. No esperes a que el problema sea evidente: cuanto antes se detecte, más efectivo será el tratamiento.
Controles visuales: cuándo, con quién y por qué son tan importantes
Uno de los pilares de la prevención en salud ocular infantil es el control periódico. Muchos problemas visuales no presentan síntomas hasta que ya están avanzados, y otros solo pueden detectarse mediante un examen profesional completo.
El calendario de revisiones recomendado
A los 6 meses: Primer control básico para descartar problemas congénitos o del desarrollo temprano. El profesional evaluará reflejos visuales, alineación ocular y respuesta a estímulos.
A los 3 años: Evaluación más completa del desarrollo visual. Se verifica agudeza visual, coordinación entre ambos ojos, y se descartan problemas como estrabismo o ambliopía en formación.
Antes del ingreso escolar (5-6 años): Chequeo exhaustivo para asegurar que el niño tiene las herramientas visuales necesarias para afrontar las demandas de la lectoescritura.
Desde los 6 años en adelante: Control anual, incluso si aparentemente todo está bien. Esta es la etapa en la que suele aparecer o progresar la miopía, y el seguimiento permite actuar a tiempo.
Si ya usa lentes o tiene miopía: Control cada 6 meses para monitorear la evolución y ajustar la graduación si es necesario.
¿Quién debe realizar estos controles?
Los controles visuales infantiles deben ser realizados por oftalmólogos, idealmente especializados en oftalmología pediátrica. Estos profesionales cuentan con el equipamiento y la formación necesaria para evaluar no solo la agudeza visual, sino también la salud ocular completa, el desarrollo binocular y la función visual en todas sus dimensiones.
Una vez que el especialista realiza el diagnóstico y emite una receta, podés contar con ópticas especializadas como Brillens para la continuidad del tratamiento óptico, donde te asesorarán sobre los mejores cristales para las necesidades específicas de tu hijo.
¿Qué se evalúa en un control visual completo?
Un examen oftalmológico pediátrico incluye mucho más que leer letras en un cartel. Se evalúa:
- Agudeza visual de lejos y de cerca en cada ojo
- Coordinación y alineación ocular (binocularidad)
- Motilidad ocular (movimientos de los ojos)
- Refracción (presencia de miopía, hipermetropía o astigmatismo)
- Salud de las estructuras oculares (córnea, cristalino, retina)
- Presión intraocular cuando corresponde
Estos controles son la herramienta más eficaz para prevenir problemas futuros, detectar alteraciones silenciosas y garantizar un desarrollo visual óptimo.
Hábitos saludables para proteger la vista de tus hijos
Tiempo al aire libre: el mejor aliado contra la miopía
La evidencia científica es contundente: pasar al menos 2 horas diarias al aire libre reduce significativamente el riesgo de desarrollar miopía. La luz natural estimula la liberación de dopamina en la retina, lo que ayuda a regular el crecimiento del ojo.
No hace falta hacer actividades estructuradas: jugar en el patio, ir a la plaza, caminar, andar en bicicleta o simplemente estar al aire libre ya es beneficioso. Además, las actividades al aire libre suelen implicar mirar a diferentes distancias, lo que también favorece el descanso visual.
Pantallas y dispositivos: límites necesarios
El uso excesivo de pantallas es uno de los factores de riesgo más importantes para la salud visual infantil. No solo favorece la aparición de miopía, sino que provoca fatiga visual, sequedad ocular y problemas de atención.
Recomendaciones prácticas:
- Menores de 2 años: evitar pantallas recreativas
- De 2 a 5 años: máximo 1 hora diaria
- A partir de 6 años: establecer límites razonables y promover pausas frecuentes
La regla 20-20-20: Cada 20 minutos frente a una pantalla, hacer una pausa de 20 segundos mirando algo a 20 metros de distancia (o más lejos). Este simple hábito reduce significativamente el estrés visual.
Iluminación: más importante de lo que creés
Estudiar, leer o usar dispositivos con poca luz obliga al sistema visual a trabajar con más esfuerzo. Por otro lado, el exceso de luz directa o los reflejos también son perjudiciales.
Lo ideal:
- Luz natural siempre que sea posible
- Iluminación general del ambiente + luz puntual sobre la tarea
- Evitar reflejos en pantallas y superficies brillantes
- Preferir luces cálidas o neutras en espacios de estudio
Distancia y postura: la ergonomía visual
La distancia adecuada para leer, escribir o usar dispositivos es aproximadamente la longitud de un antebrazo (entre 35 y 40 cm). Para pantallas más grandes, como monitores o tablets en mesa, la distancia puede ser un poco mayor.
Por otro lado, la postura también importa: los hombros relajados, la espalda apoyada, los pies en el suelo y la pantalla a la altura de los ojos o ligeramente por debajo son claves para evitar tensión muscular y visual.
Alimentación: nutrientes que cuidan los ojos
Una dieta equilibrada es fundamental para el desarrollo y mantenimiento de una buena salud ocular. Algunos nutrientes especialmente importantes son:
- Omega 3: presente en pescados grasos, nueces y semillas de chía o lino. Favorece el desarrollo de la retina y previene la sequedad ocular.
- Vitamina A: en zanahorias, batatas, espinacas y lácteos. Esencial para la visión nocturna y la salud de la córnea.
- Luteína y zeaxantina: en vegetales de hoja verde oscura, brócoli, arvejas, huevos. Protegen la retina del daño oxidativo.
- Vitamina C y E: en cítricos, frutos rojos, frutos secos. Antioxidantes que protegen las estructuras oculares.
Protección solar: no solo para la piel
La radiación ultravioleta también daña los ojos, especialmente en los niños, cuyas estructuras oculares son más permeables a los rayos UV. El uso de gafas de sol con protección UV certificada es fundamental, sobre todo en verano, en la playa, la montaña o durante actividades deportivas al aire libre.
Asegurate de que las gafas de sol de tus hijos tengan protección UV400 o 100% UVA/UVB, y que sean de buena calidad óptica. Los lentes oscuros sin protección UV son peores que no usar nada, porque dilatan la pupila y permiten que entre más radiación.
Ambiente de estudio: más allá de la iluminación
El espacio donde tu hijo estudia también influye en su confort visual. Un ambiente bien ventilado, sin humo de cigarrillo ni exceso de polvo, con temperatura agradable y humedad adecuada favorece la salud ocular y previene la sequedad o irritación.
Por otro lado, reducir el desorden visual (demasiados estímulos, colores muy saturados, desorganización) ayuda a la concentración y reduce la fatiga mental y visual.
La escuela y la visión: un trabajo en equipo
¿Qué puede hacer la escuela?
El entorno escolar juega un papel fundamental en el cuidado visual infantil. Una buena iluminación en las aulas, pizarrones bien ubicados y sin reflejos, mobiliario adecuado a la altura de los alumnos y pausas entre actividades de visión cercana son elementos que favorecen la salud ocular de los estudiantes.
Algunas escuelas realizan campañas de screening visual o invitan a profesionales para charlas informativas. Aunque estos programas no reemplazan un control oftalmológico completo, pueden ayudar a detectar casos que requieren derivación.
¿Qué pueden hacer los padres?
Como padre, podés colaborar con la escuela de varias formas:
- Informar a los docentes si tu hijo tiene algún problema visual o usa lentes, para que puedan hacer adaptaciones si es necesario (ubicarlo cerca del pizarrón, ampliar materiales, permitir pausas visuales).
- Asegurar que tu hijo use sus lentes correctamente en la escuela. Muchos niños se los sacan por vergüenza o incomodidad: hablá con ellos sobre la importancia de usarlos y elegí modelos cómodos y resistentes.
- Estar atento a cambios en el rendimiento escolar que puedan estar relacionados con problemas visuales no detectados.
- Fomentar el diálogo con los docentes para conocer cómo se desempeña visualmente tu hijo en el aula: si entrecierra los ojos, se acerca mucho al cuaderno, se cansa rápido o presenta dificultades en tareas que requieren buena visión.
Tecnología, pantallas y los nuevos desafíos visuales
La irrupción de las tablets en las aulas, el teletrabajo que normalizó el uso de computadoras en casa, las clases virtuales y el entretenimiento digital han transformado radicalmente la forma en que los niños usan sus ojos. Las demandas de visión cercana aumentaron exponencialmente, y con ellas, los problemas asociados.
El problema del exceso de visión cercana
Cuando miramos una pantalla o un libro de cerca durante períodos prolongados, el ojo debe mantener un esfuerzo constante de acomodación (enfoque) y convergencia (alineación hacia adentro). Este trabajo continuo puede provocar fatiga visual, visión borrosa temporal, dolores de cabeza y sequedad ocular.
Además, se ha demostrado que el exceso de actividades de cerca y la falta de exposición a distancias lejanas favorece el alargamiento del ojo, lo que lleva al desarrollo o progresión de la miopía.
Contenido 3D y realidad virtual: un desafío adicional
Los dispositivos de realidad virtual y el contenido 3D presentan un desafío particular para el sistema visual de los niños, especialmente en menores de 6 años. Estos sistemas pueden generar conflictos entre la acomodación (el enfoque) y la convergencia (la alineación de los ojos), lo que puede provocar mareos, fatiga visual intensa o problemas de coordinación binocular en desarrollo.
Por eso, se recomienda evitar el uso de estos dispositivos en niños pequeños y limitar su uso en niños mayores, siempre supervisando síntomas de incomodidad visual.
Consejos para un uso saludable de la tecnología
- Establecer horarios y límites claros para el uso de pantallas
- Priorizar actividades al aire libre y juegos que impliquen mirar a distancia
- Enseñar la regla 20-20-20 y asegurarse de que la cumplan
- Configurar el brillo y contraste de las pantallas para que sean cómodos
- Activar filtros de luz azul en dispositivos, especialmente por la noche
- Fomentar el parpadeo consciente (las pantallas reducen la frecuencia de parpadeo, lo que provoca sequedad)
- Mantener una distancia adecuada y una buena postura
Cuando ya hay un problema: terapias, lentes y seguimiento
Si tu hijo ya tiene un diagnóstico visual, es fundamental seguir el tratamiento indicado por el profesional y hacer un seguimiento adecuado.
Lentes correctivos: más que un accesorio
Los lentes no solo mejoran la agudeza visual: permiten que el sistema visual se desarrolle correctamente, reducen el esfuerzo ocular, previenen complicaciones como el estrabismo o la ambliopía, y mejoran el rendimiento escolar y la calidad de vida del niño.
Hoy en día, existen opciones específicas para niños:
- Lentes para control de miopía (como Essilor Stellest o Zeiss MyoCare): diseñados para frenar la progresión de la miopía mientras corrigen la visión.
- Materiales seguros y resistentes: policarbonato o Trivex, que son más livianos y resistentes a impactos.
- Cristales delgados: para mayor comodidad, especialmente en graduaciones altas.
- Tratamientos antirreflejos y filtros UV: para mejorar la calidad visual y proteger los ojos.
Es importante que los lentes sean de buena calidad óptica y estén bien centrados y ajustados al rostro del niño. En ópticas especializadas como Brillens, el asesoramiento profesional asegura que tu hijo tenga los cristales adecuados para su necesidad específica.
Terapia visual: entrenar el sistema visual
En algunos casos, especialmente cuando hay problemas de coordinación binocular, dificultades de enfoque o problemas de seguimiento visual, el profesional puede recomendar terapia visual. Se trata de un programa de ejercicios supervisados que ayudan a mejorar habilidades visuales específicas.
La terapia visual puede ser útil en casos de:
- Insuficiencia de convergencia
- Problemas de seguimiento o movimientos oculares
- Ambliopía (complementando el uso de parches)
- Estrabismo (en algunos casos, como parte del tratamiento)
Parches y oclusión: tratamiento para la ambliopía
Si tu hijo tiene ambliopía, el tratamiento más común es la oclusión del ojo “bueno” con un parche, obligando al ojo “vago” a trabajar. Es fundamental seguir las indicaciones del profesional en cuanto a horas diarias de uso y duración del tratamiento.
Sabemos que usar el parche puede ser difícil para los niños (y para los padres). Algunas estrategias que pueden ayudar:
- Explicarle al niño por qué es importante, con palabras adecuadas a su edad
- Establecer rutinas: usar el parche durante actividades placenteras (mirar dibujitos, jugar)
- Decorar o personalizar los parches para hacerlos más atractivos
- Reforzar positivamente el uso constante
Seguimiento periódico: la clave del éxito
Cualquiera sea el tratamiento, el seguimiento regular con el profesional es fundamental. Los ojos de los niños cambian rápidamente, y lo que servía hace seis meses puede no ser suficiente ahora. Además, el seguimiento permite evaluar la efectividad del tratamiento y hacer ajustes si es necesario.
Mitos y realidades sobre la visión infantil
Existen muchas creencias populares sobre la salud visual de los niños. Algunas tienen algo de verdad, pero otras son completamente falsas. Aclaremos las más comunes:
“Leer con poca luz arruina la vista”
Realidad: Leer con poca luz provoca fatiga visual y puede causar dolores de cabeza o cansancio, pero no daña permanentemente la vista ni causa miopía. Sin embargo, una buena iluminación reduce el esfuerzo visual y mejora la comodidad, por lo que sigue siendo recomendable.
“Usar lentes debilita los ojos”
Realidad: Los lentes no debilitan la vista. Este es uno de los mitos más extendidos y perjudiciales, porque lleva a muchos padres a retrasar la corrección visual de sus hijos. Los lentes permiten que el ojo vea correctamente sin esfuerzo, lo que favorece el desarrollo visual adecuado. No usarlos cuando son necesarios puede provocar problemas mayores, como ambliopía o estrabismo.
“Si el niño ve bien el pizarrón, no necesita control visual”
Realidad: Ver con nitidez es solo una parte de la visión. Un niño puede tener buena agudeza visual pero presentar problemas de coordinación binocular, dificultades de enfoque, o alteraciones en la salud ocular que solo se detectan en un examen completo. Por eso los controles periódicos son fundamentales, incluso si aparentemente “todo está bien”.
“La miopía se cura con ejercicios o dejando de usar lentes”
Realidad: La miopía es un defecto refractivo causado por un ojo más largo de lo normal, y no se “cura” con ejercicios ni dejando de usar lentes. De hecho, no usar la corrección adecuada puede empeorar la situación. Lo que sí existe son tratamientos para frenar su progresión, como lentes especiales, atropina en dosis bajas o terapias específicas, siempre bajo supervisión profesional.
“Los niños superan el estrabismo con la edad”
Realidad: Algunos bebés pueden presentar una desviación ocular intermitente en los primeros meses de vida que desaparece al madurar el sistema visual. Sin embargo, un estrabismo que persiste más allá de los 4-6 meses o que aparece más tarde requiere evaluación y tratamiento. No tratarlo puede derivar en ambliopía y pérdida permanente de visión binocular.
“Sentarse cerca del televisor daña los ojos”
Realidad: Sentarse muy cerca de la pantalla no daña los ojos, pero puede ser una señal de que el niño no ve bien de lejos y está tratando de compensarlo acercándose. Si tu hijo se sienta habitualmente muy cerca del televisor, es recomendable hacer un control visual.
“Los niños no pueden usar lentes de contacto”
Realidad: Aunque los anteojos son la opción más común en la infancia, los lentes de contacto pueden ser apropiados en ciertos casos, especialmente en adolescentes responsables o en situaciones específicas (deportes, diferencias importantes de graduación entre ambos ojos, ciertos problemas refractivos). La decisión debe tomarse en conjunto con el profesional, evaluando la madurez del niño y su capacidad de cuidado e higiene.
“Comer zanahoria mejora la vista”
Realidad: La zanahoria es rica en vitamina A, que es importante para la salud ocular, especialmente para la visión nocturna. Sin embargo, comer zanahoria no mejora la agudeza visual ni corrige defectos refractivos. Lo que sí es cierto es que una alimentación equilibrada y rica en nutrientes favorece el desarrollo y mantenimiento de una buena salud visual.
Preguntas frecuentes sobre salud visual infantil
¿A qué edad es obligatorio el primer control visual?
No hay una edad “obligatoria” por ley en la mayoría de los países, pero las recomendaciones profesionales indican que el primer control debería realizarse alrededor de los 6 meses, seguido por otro a los 3 años y antes del ingreso escolar. Desde los 6 años, el control debería ser anual.
¿La miopía se puede frenar?
Sí. Aunque la miopía no se “cura”, existen tratamientos que han demostrado ser efectivos para frenar su progresión en niños: lentes especiales para control de miopía (como Stellest o MyoCare), atropina en dosis bajas, y aumentar el tiempo al aire libre. El profesional evaluará cuál es la mejor opción según cada caso.
¿Cuántas horas de pantalla son seguras para un niño?
No hay una cifra mágica, pero las recomendaciones generales son: evitar pantallas recreativas en menores de 2 años,


